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TANGOS AL SUR
FLORENTINO DIEZ
INGENIERO WHITE - REPUBLICA ARGENTINA
En este blog voy a volcar exclusivamente historias tangueras
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Últimos comentarios de este Blog

06/03/15 | 18:37: juan carlos dice:
Jorge vidal fue un cantor de excelencia,un verdadero lujo para el que gusta del buen tango.Tengo 70 años y desde muy chico,mis fallecidos padres me enseñaron a valorar la buena música,y es hasta el dia de hoy qu disfruto de escuchar y ver aquellos baluartes de nuestra identidad
13/10/14 | 22:14: Alfredo dice:
Una reseña que describe una personalidad artística extraordinaria mechada de recuerdos emotivos que ayudan a hacer aún más imborrables los recuerdos de un verdadero grande. El maestro Roberto Rufino será siempre recordado tal como ha sido retratado tan fielmente en el artículo.
04/10/14 | 14:57: ORLANDO dice:
EXCELENTE PAGINA ME ENCANTO, MAS Q YO ERA DE PARQUE CHACABUCO Y ME GUSTA MUCHO LESICA, MUY BUENO
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Finalmente el hombre Finalmente el hombre


Prólogo y abismo


Vuelvo y voy
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ANIBAL TROILO....¡¡¡¡cantando!!!



ANIBAL TROILO....¡¡¡¡cantando!!!

LAS VOCES DE ADENTRO.
-¿Carusito?
-Sí, él. ¿Quién habla?
-Silva, Federico. No preguntes nada. Si tenés el fueye contigo vení de raje a 18 y Paraguay, en los altos del Palacio de la Música. Anotá: 4º. piso, apartamento 8, lo de Yolanda Martínez. ¿Tenés el fueye?
-Si, pero...
-Nada. Haceme caso y vení.

El día anterior Darío y yo habíamos ido al Victoria Plaza, donde Troilo daba una conferencia de prensa, y en un aparte le propusimos ir después a la casa de unos amigos, allí cerca, donde se charlaría un rato, se tomaría unas copas y, Dios mediante, a lo mejor hasta le escuchábamos tocar algo. No éramos sus amigos ni hacia falta. Troilo se entrega a la gente con una facilidad que alarma por igual a su administrador y a su mujer, y agarra viaje con la amistad del primer desconocido.
-No. Esta tarde no podría ser. Tenemos otros compromisos, ¿no, Roberto?
-¿Y mañana?
-A ver... Mañana sí, cómo no.
-¿Pero no se van a olvidar? Usted también, Grela, por supuesto.
Y todo el plan se volvía más fantástico a medida que iba creciendo.
-No se preocupen. Denle los datos aquí, al amigo; el nos acompañara. Mañana a las 7 estamos con ustedes.
    La limosna era grande; desconfiábamos.
    Al día siguiente nos armamos a guerra. Cada uno saqueo su propia discoteca y llevo a lo de Yoly los Pichucos y los Troilo-Grela más queridos. Porque como el Gordo no iría, ¡qué iba a ir!, por lo menos nos daríamos la biaba de discos. Y no era mal consuelo, como que lo teníamos a menudo por optimo programa.
    Cuando ya Fiorentino nos llevaba y traía en el ir y venir de las frases (grabadas) del tango, cuando la misma irrealidad del proyecto empezaba a hacernos victimas, a Darío y a mí, de la dolida cachada ajena y del propio desencanto, todos miramos de pronto hacia la puerta. El animado parloteo fue apagándose hasta enmudecer. Si, era increíble. Pero Aníbal Troilo y Roberto Grela estaban allí, paraditos y sonrientes como una visita formal.
    Después de pellizcarnos, lo primero que hicimos (mal agradecidos) fue desenchufar el tocadiscos. Lo segundo, traer una guitarra prestada del Palacio de la Música, dispuesto a cooperar por sentirse implicado. Y lo tercero –porque fueyes en ese momento no había en el Palacio- (“¿No es lo mismo un acordeón a piano?” había preguntado la solícita señorita)-, lo tercero fue enchufar en el teléfono al Gordo Silva para que diera con un bandoneón en los próximos diez segundos. Menos mal que el café “Los veteranos”, de Andes y 18, convertido en peña de tango, política y literatura por la parsimoniosa tarea colonizadora del Negro Enrique Almada, fue fiel a su abolengo y nos devolvió, sorprendida por el apremio pero pierna, la voz de Carusito con la noticia (victoreada) de que en la otra mano tenia, como siempre, el bandoneón.
    Fue lindo espiar su rostro, cuando por fin llego al tumultuoso apartamento, la aparición sucesiva de la incredulidad y el arrobo al intuir, mientras era desvalijado, que ese fueye suyo de todos los días iría a parar a las rodillas de Su Señor, el mismísimo Aníbal Troilo, que por supuesto ya lo estaba queriendo (a Carusito, al fueye, al trago, a la preciosa ocasión de ser él mismo).
    Después los rodeamos en apretado semicírculo y cada uno contabilizó con avaricia la riqueza fugaz de ese omento. Rompió el silencio el bordonear de la guitarra, y las manos del Gordo y todo él abrieron los pliegues del fueye para juntarlos después en un abrazo. No las imaginadas manos de las grabaciones sino las suyas propias, atareadas y certeras, haciendo jadear el bandoneón (Carusito lo miraba hipnotizado) y estrujándonos a todos, pucha digo, como si estuviera pasándolo en limpio. Pobre paica, la ultima curda, la casita de mis viejos, Malena, los mareados, y el sosegado abrigo de saber que lo que allí se estaba descifrando era el mito montevideano de la amistad nocturna y cantada.
    Paredes bajas, luna y misterio, desde el recuerdo las vuelvo a ver.
1941. Terminada la tarea en “Cine-Radio”, nos íbamos con Rocha, Quico, Pepe, Alsina, Silva, Mauricio, a redescubrir entre dos luces los rincones secretos de la Ciudad Vieja. Era como palpar de almas esa zona, sabedores quizás de que terminaría siendo el tema de una lejana evocación (ésta). Liniers, Reconquista, el “Garrón” en Bartolomé Mitre, los boliches menos marmóreos de la Aduana, el “Ancla” en Juan Carlos Gómez, por supuesto el Mercado Central,, que rodeábamos sin apremio para llegar por ultimo al “Fun-Fun”. Con Mauricio canjeábamos devoción por devoción; y si aquellos muros coloniales nos oyeron entonar los temas mas cantables de la Segunda, de Brahams, o los acordes autoritarios de alguna sinfonía de Shostakovich y aun la Pavana, de Ravel, él también, poligloto y rumano, supo decir sin rubor tinta roja en el gris del ayer y Malena tiene pena de bandoneón (señalando, eso sí, que el tema principal de El Choclo esta tomado del 1er. movimiento del concierto para piano No. 4 de Beethoven). Pero era sobre El cuarteador de Barracas y sobre El bulín de la calle Ayacucho que por entonces mas sabíamos y más queríamos saber.
    Entrábamos con Quico García Otero a los bailes del Artigas o del Palacio Salvo, en carnaval y nos parábamos al lado del palco de la orquesta. Porque no alcanzaba con escuchar a Troilo: había que verlo empujar con un gesto del rostro inclinado y los ojos cerrados las notas del fueye goteando amargura. Al principio seria mala conciencia, porque Pichuco había estado en la redacción de “Cine-Radio” cuando todavía no era famoso, y fue recibido –excepto por Dominoni, el director de la revista- con la helada cortesía que se dispensa en los periódicos a los visitantes que buscan publicidad. Después tuvimos mucho tiempo para avergonzarnos con efecto retroactivo, y para pagar en buena moneda de admiración nuestra ignorancia de entonces.
    Otros nos hablaban también el mismo idioma: Di Sarli, Pugliese, Fresedo, Ángel Vargas, Calo. Y cuando por excepción alguno de ellos llegaba a Montevideo, quedábamos encandilados por la sola posibilidad de tenerlo mano a mano con nosotros. ENtonces aprovechábamos esas raras ocasiones para defender despóticamente los fueros de la buena doctrina, que ponía por las nubes, como es obvio, a Gardel, a De Caro, a Maffia, a Laurenz, y execraba sin matices, por ejemplo, a Canaro y a D`arienzo, a través de una línea divisoria que nosotros celosamente custodiábamos.
    Una tarde se puso a tiro, cortes, Osmar Maderna, el joven pianista de la orquesta de Miguel Caló, y le propusimos ir a escucharlo al Sisley, donde Cammarota aseguraba que había un piano. El Sisley, como todos los clubes de barrio, era social y deportivo, pero para nosotros no era mas que un metejón del gordo Cammarota destinado a hacernos y hacerse, lujosamente, el gusto. Organizaba charlas sobre cine arte, que infligía sin piedad a los pacíficos jugadores de bochas; y en los bailes de los sábados sólo se pasaban los discos que el y nosotros preferíamos. Despotismo ilustrado.
    Con divertida tolerancia Maderna se sometió al arduo recorrido del 162 en que lo llevamos (no, el taxi era muy caro; cincuenta centésimos la bajada de bandera). Y tan solo cuando murió, años mas tarde, en un accidente, nos detuvimos a pensar en la belleza de aquel gesto de verdadero señorío de quien ¡, siendo un astro cotizado, encontraba natural nuestra (exagerada) modestia y se avenía a compartirla como un compañero mas.
    Nada nos ablanda, sin embargo. En tanto duro la audición, que el propio ruidoso escenario invitaba a no tomarse tan a pecho, Quico y yo, insobornables, nos mirábamos de reojo porque Maderna, a nuestro juicio, se iba por las ramas de unas escalas efectistas mientras el tango, postergado, debía esperarlo. ¿Por qué, por ejemplo, después de tocar “Sans souci” como los dioses, en el espíritu de Delfino, Maderna lo remataba con esos acordes reminiscentes de la Rapsodia en Blue? Sabíamos detectar la presencia de todo cuerpo extraño y el dogmatismo preservaba la pureza de nuestros berretines.
    Con Troilo era distinto. En un aflojamiento de la actitud critica, sentíamos la confianza de ser interpretados cabalmente por él. Aquello no era algo externo que nosotros nos incorporáramos con ligereza. Siendo muchachos de clase media –estudiantes o ex aprendices de periodistas- nos identificábamos con aquella música del Centro, de orquesta y cantor, de impostación sentimental, autentica y a la vez refinada, como exigía nuestra presumida condición de intelectuales en agraz. Rara, como encendida, decía la letra de “Los mareados”. Pero el divertido descubrimiento de que en ese solo verso se conjugaban los tres tiempos –pasado, presente y futuro de la acción verbal- como nos mostraba Mauricio, implacable, era barrido en seguida por Orlando Goñi al dejar caer al piano económicas frases que antes de hundirse en la masa orquestal quedaban hamacándose, como al borde de una revelación.
    Cuando llegaba el solo del Gordo en “Chique”, “Pablo”, “Inspiración”, “Ojos negros”, “Malena” o “Quejas de bandoneón”, todo parecía como recogerse y ser oídos. El “Paren las rotativas” de las imprentas. Entonces sentíamos, sentía yo, que aquella música no era la pobreza del arrabal ni aun su cruda belleza; sino un eco ventajoso, una paráfrasis, ¡pero que despojada y verdadera! de ese arrabal perdido que Troilo evocaba y nos hacia evocar. En nuestras caminatas sin destino, dueños de la magia nocturna del verano, sabíamos detenernos en mitad de las aceras para que el más audaz pudiera remedar mejor las cadenciosas variaciones. Después, claro, había que lidiar con Rocha, Darío y Quico, que desafinaba con insensato fervor. Pero haciéndose perdonar; porque lo que ellos escuchaban al cantar no era su propia voz sino la clara voz de Fiorentino que llevaba puesta. Tampoco el señor Cagnoli esa capaz de emitir algún sonido armónico, pero llevaba consigo y amaba todas las melodías de Verdi.
    Ahora subiendo la cuesta de los años, Troilo esta mágicamente en lo de Yoly, y se pone a cantar. Dice los versos, nada memorables, de “La cantina”, con una voz chiquita, musical y tanguera. Esa voz, ligeramente velada por una patina de emoción y de años de copas, es la cifra de su estilo como bandoneonísta y la cifra del estilo de Grela y la del estilo de los cantores que tuvo en su orquesta. Porque sin dañar el ángel de ninguno (Fiore, Marino, “El polaco”), Troilo consiguió, hasta del autoritario Edmundo Rivero, empastar sus voces como la de un instrumento mas. Sintomáticamente, todos quisimos convertirnos allí mismo en discípulos de ese magisterio. ¡Para qué! La vocación vergonzante de carnavalero que anima al montevideano medio en ciertas aglomeraciones festivas, hizo rápidamente de “La cantina” la canzonetta estentórea que en cierto sentido es.
    Sólo tres adolescentes permanecían ajenos a aquel deterioro de la unción por la euforia. Eran Seijo, Ferrer y Handler, directivos del Club de la Guardia Nueva que, avisados a tiempo por sus servicios de inteligencia, pidieron permiso para asistir a misa, sin chistar. Se sentaron un poquito mas atrás de Grela, apenas humedecieron los labios en el único wisky que se dejaron servir, manipularon todo el tiempo silenciosa, eficazmente, el grabador –sin dejar de hundirse en la música-, y miraron con discreta desaprobación nuestro ruidoso brío. ¿No estaban, acaso, como Quico y yo, diez años antes, parados al lado del palco de la orquesta?.
    Cuando Troilo y Grela tuvieron que irse, exactamente una hora y media después de llegar –entre los vítores de todos menos de Carusito, que seguía en éxtasis-, todo recomenzó como había empezado. El fiel tocadiscos reprodujo hasta la madrugada los registros mas queridos del Gordo; fue en torno de él que se apretó otra vez el fervoroso semicírculo. Y el grabador empezó a repetir la cinta recién impresa. La magia estaba cautiva; todos habíamos entrado en el pasado. Después Carusito volvió entre nubes al boliche, donde nadie (excepto Almada) habría de creer la historia que contó. Desenfundo el fueye y, para convencer a sus amigos, creyó poder tocar de otra manera.
    Con las primeras luces, la noche fue a refugiarse en la memoria.
 
                        HUGO ALFARO
                        De: “Mi Mundo tal cual es”
                        Ediciones de la Banda Oriental
                        primera edición: 1966
                        segunda edición: 1984

   


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